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En diálogo con Premio Nacional de Ciencias Sociales: preguntas sobre educación y humanidad desde la FECSH UFRO

En el marco del seminario “Atracción y Formación de profesores y profesoras desde regiones: experiencias y desafíos”, organizado por Confauce y realizado en Temuco, el Premio Nacional de Ciencias de la Educación 2025, Juan Casassus, reflexionó sobre el sentido de la educación, el papel de las emociones en el aprendizaje, los desafíos de la inteligencia artificial y la formación de docentes en un escenario de profundas transformaciones sociales y culturales.

La visita del Dr. Juan Casassus, doctor en Sociología de la Educación por la Universidad de París y Premio Nacional de Ciencias de la Educación 2025, convocó en la Facultad de Educación, Ciencias Sociales y Humanidades (FECSH) de la Universidad de La Frontera a estudiantes, académicos y decanos de facultades de Educación de todo el país reunidos en Temuco. Ante ese auditorio, Casassus no llegó a entregar respuestas: llegó a abrir preguntas. Y la primera, la más elemental, resultó ser también la más urgente.

¿Para qué existe un sistema educativo? Casassus propuso dos funciones históricas —instruir y socializar— y mostró, en casi una hora de exposición, cómo ambas han entrado en crisis. La pandemia lo hizo visible de un modo que ningún diagnóstico previo había logrado: cuando los estudiantes se encerraron en casa y la instrucción migró a las pantallas, lo que faltó no fue el contenido, sino el estar juntos. “Con el COVID, estaban todos cada uno en su casa, y ahí apareció con mucha fuerza que la función principal de la educación era socializar. Volver a construirse con otros”, expresó.

Pero la conferencia no se detuvo en la descripción de una crisis. Casassus fue más al fondo: propuso que la definición más profunda de educación es el proceso de formación de la mente humana. Y desde ahí, la pregunta por la calidad adquiere un sentido completamente distinto al que suelen darle las mediciones estandarizadas —y en particular el SIMCE, que mencionó como ejemplo de una definición que ha cedido el terreno a la prueba.

“La calidad de la educación es la conexión que hay entre los contenidos y métodos de enseñanza y las necesidades de aprendizaje que emergen. Y eso cambia. Entonces, podríamos decir que hay una desconexión en este momento”, concluyó.

La máquina que no tiene cuerpo, no tiene emociones y no tiene ética

Comprender qué es educación exige hoy comprender también qué es la inteligencia artificial. Casassus fue preciso en la distinción: la IA no es lo opuesto a la inteligencia humana, sino algo de otra naturaleza.

Es una metáfora —la capacidad de una máquina para procesar cantidades enormes de información muy rápidamente— pero carece del elemento que define al ser humano como sujeto de conocimiento. Así, explica, la diferencia fundamental está en la idea de comprensión y la dimensión orgánica. La máquina no tiene un cuerpo orgánico, no tiene emociones y, por lo tanto, no tiene ética.”

Esta distinción no es menor para quienes se forman en pedagogía. Si la máquina puede instruir pero no puede acompañar, no puede sentir y no puede hacerse responsable éticamente de lo que ocurre en un aula, entonces el docente no está amenazado: está redefinido. Y la pregunta que sigue es qué ocurre exactamente con las emociones en ese escenario —porque ahí es donde Casassus introdujo uno de los giros más desafiantes de la exposición.

Las emociones son cognitivas: la primera forma de conocer el mundo

Uno de los prejuicios más arraigados en la cultura educativa occidental es que las emociones son irracionales y, por tanto, un obstáculo para el aprendizaje. Casassus lo nombró directamente y lo desarmó con respaldo en neurociencia y filosofía: las emociones no son ruido que interfiere con el pensamiento; son la primera forma que tenemos de conocer el mundo.

“En nuestra experiencia sabemos que es así, pero en la cultura nos han dicho que las emociones son irracionales. Ahora eso está validado: está validado que las emociones son cognitivas. Tenemos dos maneras de conocer el mundo, y la primera forma de conocer el mundo, la más inmediata, es el mundo emocional. Que después viene la representación, y en tercer lugar el pensamiento”, explicó.

Esta perspectiva tiene consecuencias directas sobre la práctica pedagógica. Un estudiante que aprende en un clima de miedo, vergüenza o indiferencia no solo aprende menos: aprende diferente, y peor. El problema, señaló Casassus, es que la ciencia ya superó este ideario, pero la cultura educativa todavía no: Lo que ha sido depreciado en el mundo de la educación ha sido el mundo emocional. Afortunadamente, hoy ya está completamente superado ese ideario en la ciencia, pero no en la cultura.”

Entender esto es también entender mejor a los estudiantes con quienes trabajan los docentes en formación. Porque la condición emocional de las juventudes de hoy no es un accidente ni una patología, explica Casassus, es una respuesta a un mundo que ha cambiado radicalmente.

Angustia, desorientación e indiferencia: comprender a los estudiantes de hoy

Casassus fue directo al hablar de la condición actual de las juventudes. Lejos de tratarla como un problema clínico o individual, la enmarcó como una consecuencia cultural del cambio de época: los jóvenes viven en un mundo que no les ofrece narrativas estables de sentido. Han sido, dijo, una generación formateada por el mundo digital, y eso tiene efectos que van mucho más allá de los hábitos de pantalla.

Su argumento va más allá y señala que Hay una desorientación y fragmentación del yo. Uno es uno según la pantalla en que esté. Yo tuve la suerte de haber crecido en un lugar donde había una narrativa del progreso, donde todo iba a ser mejor mañana. Eso está siendo corrompido. No hay narrativa y hay una incertidumbre. Por eso es que esto es una condición estructural de angustia. No es un asunto clínico de salud mental: es un asunto cultural.”

También abordó uno de los fenómenos que más desconcierta a los docentes: la indiferencia de sus estudiantes. Casassus no la leyó como falta de motivación ni como apatía. La leyó como una forma de protección. “La indiferencia no es apatía. Es un mecanismo de defensa. Es una retirada del mundo emocional. Menor sensibilidad. Hemos visto cómo han aparecido la necesidad de hacerse daños para poder sentir. Y nunca ha habido mayor conectividad, y tampoco nunca había habido tanta soledad.”

Esta lectura transforma el desafío del docente: no se trata de motivar a quien no quiere aprender, sino de entender qué protege esa indiferencia y cómo generar condiciones para que sea seguro volver a sentir. La pregunta que se abre entonces es más profunda: si delegar el pensamiento en la máquina también forma parte de esa retirada, ¿qué se pierde en el camino?

La deuda cognitiva: el riesgo de delegar el pensamiento

En uno de los pasajes más provocadores de la conferencia, Casassus nombró lo que llamó la deuda cognitiva: el proceso progresivo por el cual los seres humanos van cediendo a las máquinas capacidades que antes eran propias. No es un fenómeno nuevo —comienza con la escritura, con la calculadora, con el GPS— pero hoy ha alcanzado una escala sin precedentes.

“Ya no memorizo ningún número de teléfono. Escribo un WhatsApp y me dice (el celular) que lo puede decir mejor de otra manera. La expresión y la creación se van delegando. Estamos enseñando constantemente nuestro conocimiento a las máquinas. Y sin esfuerzo, no se activan los mecanismos que sostienen la comprensión, el aprendizaje, el conocimiento más profundo y la reflexión.”

Esta advertencia no es un llamado a rechazar la tecnología. Es una invitación a distinguir entre lo que la IA ofrece —respuestas— y lo que el aprendizaje real requiere: el esfuerzo del proceso que lleva a esa respuesta. En Chile, dijo Casassus, esa diferencia ya se está borrando. “Lo que hay en Chile no es un proceso de aprendizaje. Lo que hay es una respuesta. Pero conocer la respuesta no quiere decir que uno ha aprendido para llegar a esa respuesta. Esto es bien central en la forma de aprendizaje.”

Si aprender requiere esfuerzo, y la IA elimina el esfuerzo, la pregunta se vuelve inevitable: ¿para qué aprender? Casassus la tomó de frente.

¿Para qué aprender, entonces?

Frente a esa pregunta, Casassus ofreció una respuesta que no pasa por el mercado laboral ni por la competitividad: aprender es para tener conciencia de sí mismo. Para poder ser, al mismo tiempo, actor y espectador de la propia vida. Para eso, ninguna máquina puede reemplazar al ser humano.

“La educación es que la persona pueda reflexionar sobre sí misma, tomar conciencia de sí misma. Conciencia es como la posibilidad que tenemos los humanos de ser actores y espectadores de nuestra propia experiencia de vida. Hegel hablaba de esto: el que tiene conciencia de su vida vive dos veces; o dicho de otra manera, el que no tiene conciencia de su vida vive la mitad de una vida.”

A la conciencia sumó otros pilares: la libertad interior —ese refugio donde uno puede estar en paz y ver con claridad—, la capacidad de reconocer el propio talento, el espíritu crítico como mecanismo para no ser manipulado en un mundo de información masiva, y la creatividad entendida no como habilidad artística sino como proceso de autoconstrucción. “Cuando uno crea, uno se crea a sí mismo. Y convivir es cuando se crea ante su compañero… en un deseo permanente de ser reconocido por quien uno es. Uno se va creando conviviendo con los otros.”

Si eso es lo que está en juego en la educación, entonces la figura del docente también tiene que cambiar. Y ahí es donde Casassus cerró el argumento.

La nueva labor docente: acompañar, no solo transmitir

La conferencia cerró con una propuesta que articula todo lo anterior: redefinir la labor docente. No se trata de competir con la máquina en lo que la máquina hace mejor —procesar información, dar respuestas rápidas, personalizar contenidos—, sino de recuperar lo que solo el ser humano puede ofrecer: presencia, cuerpo, emoción y responsabilidad ética.

“Redefinir la labor docente desde el ser transmisor de la información y conocimiento, al de ser acompañante en la obra educativa. El docente debe poseer una visión integral del ser humano: cuerpo, emoción y pensamiento. La máquina no tiene un cuerpo orgánico. La preocupación por el cuerpo y el cuidado del cuerpo son importantes”,

Para las y los estudiantes de la FECSH-UFRO, estas palabras no son solo una invitación a reflexionar. Constituyen también un desafío concreto para repensar la formación pedagógica: qué tipo de docente se quiere ser, qué relación se construye con los estudiantes y qué lugar ocupa la dimensión humana en el aula. La conversación que dejó el Dr. Juan Casassus está lejos de haber terminado.

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